La mujer se distingue del hombre por una serie de rasgos anatómicos y fisiológicos específicos. Durante la pubertad estas diferencias se desarrollan y aparecen los caracteres sexuales secundarios. Pero a pesar de estas diferencias las mujeres no somos un bicho raro o la especie creada del hombre como pretende hacernos creer la iglesia. Las mujeres somos seres humano igual que los hombre puede que tengamos menos fuerza, debido a que nuestra musculatura esta menos desarrollada pero esto no es razón para anularnos personas, discriminarnos, robarnos nuestros derechos y utilizarnos para beneficio propio, como nos han hecho a lo largo de los años.
Por si la discriminación que sufrimos nos pareciera poca encima, estamos sometidas a una intensa actividad hormonal de carácter cíclico, que se relaciona con la menstruación y la capacidad de embarazo, y también esta actividad puede originar trastornos muy dolorosos e irritantes.
En el arte prehistórico, la mujer aparece con una exageración de los rasgos propios de la maternidad , que contrasta con la extremada y elegante estilización de formas de las estelas egipcias o las figuras sumerias. La escultura griega presenta a la mujer con una figura ágil y ligeramente estilizada, mientras que la mujer romana es representada de forma más realista. La Edad Media le confiere los rasgos propios de la Virgen o de personajes históricos; por su parte, los artistas góticos le dan una prestancia refinada y cortesana, con una finura y una gracia que roza el amaneramiento. Con el Renacimiento se tiende a un cierto naturalismo, con proporciones más realistas, y el desnudo adquiere nueva importancia con autores como Tiziano y Tintoretto, que cultivan especialmente los temas mitológicos. Posteriormente, hay de nuevo una tendencia a la estilización, con desnudos idealizados (las esculturas de Rodin, los manieristas de la escuela de Fontainebleau). En Holanda y en Flandes parece la tendencia a representar a la mujer del pueblo (Bruegel, Le Nain); en la misma época, cabe destacar los gustos opulentos de Rubens junto al retrato aristocrático de Velázquez. Ya en el s. XIX contrasta la idealización de Ingres con la sensualidad de las figuras femeninas de Delacroix. Con el impresionismo desaparece el interés por representar la moda y detallar el vestido: la mujer es ante todo luz y color, como en las obras de Toulouse-Lautrec y Degas. El s. XX se caracteriza por una visión muy personal de la mujer, en numerosas ocasiones tópica o folclórica (Romero de Torres), y fantasmática (ídolos primitivos de Picasso, elegantes fantasmas de Delvaux, la exagerada maternidad de Henry Moore, o la mujer objeto de Hans Bellmer).
La legislación de los distintos países ha establecido, desde siempre, una marcada diferencia en la capacidad jurídica del hombre y de la mujer. Si bien en las sociedades primitivas el trabajo de la mujer le confería una consideración social aparejada a una corresponsabilidad en la toma de decisiones comunitarias, el desarrollo posterior de las fuerzas productivas llevó a una sociedad de régimen patriarcal, y la consolidación de la propiedad privada confirió al hombre la preponderancia legal, desligando a la mujer de los niveles de decisión económicos y sociales. En Atenas, la mujer no sólo estaba excluida de las decisiones comunitarias sino que quedaba claramente relegada al cuidado del hogar, con capacidad jurídica

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